🚴 El ciclista que lo tiene todo

Señores de la carretera secundaria

Ocurre una mañana cualquiera, en una carretera secundaria cualquiera, cuando mira a su alrededor y llega a una conclusión tan absurda como inevitable:

"Todo esto es mío".

Los campos son suyos. Las montañas son suyas. La carretera es suya. Incluso esa nube que flota perezosamente sobre la sierra parece haber salido esta mañana solo para darle sombra durante la subida.

No importa que la realidad diga otra cosa. No importa que la carretera pertenezca al Ministerio, que el olivar tenga dueño o que la montaña lleve allí millones de años sin prestarle la más mínima atención.

Durante unos kilómetros, el ciclista no vive en la realidad. Gobierna sobre ella.

Es un fenómeno curioso. La transformación suele producirse lejos de la ciudad, cuando el tráfico desaparece y el ruido del mundo se queda atrás. Entonces sólo quedan el zumbido de las ruedas, el viento en la cara y una cinta de asfalto que parece no terminar nunca.

Es en ese momento cuando el ciclista deja de ser administrativo, albañil, profesor, fontanero, médico o jubilado.

Pasa a ser algo mucho más importante.

Señor de la carretera secundaria.

La velocidad también ayuda.

No porque vaya particularmente rápido, sino porque se siente rápido.

A treinta kilómetros por hora todo parece estar en orden. Los árboles desfilan obedientemente a ambos lados del camino. Las curvas aparecen exactamente cuando deben aparecer. El paisaje entero parece colaborar para que el viaje continúe.

El ciclista empieza entonces a sospechar que quizá el universo funciona gracias a él.

Y, siendo sinceros, cuesta encontrar pruebas que demuestren lo contrario.

Las sensaciones alcanzan su punto más alto al coronar una subida.

No importa que sea un puerto legendario ni una cuesta sin nombre que apenas aparece en los mapas. Al llegar arriba, el ciclista se detiene, observa el horizonte y adopta sin darse cuenta la misma expresión con la que los antiguos emperadores contemplaban sus dominios.

Abajo se extiende su reino.

Un reino formado por tres kilómetros de carretera, dos olivos, una nave agrícola, algo volando por ahí y un tractor que lleva quieto un buen rato.

Un reino, al fin y al cabo.

La magia suele romperse de manera repentina. Basta con que aparezca otro ciclista.

Y surge entonces una duda inquietante:

Si yo soy el señor de esta carretera... ¿quién es ese?

Durante unos segundos, ambos se observan con respeto. Dos monarcas compartiendo accidentalmente un mismo territorio. Después levantan la mano, se saludan y siguen su camino.

Las grandes cuestiones políticas quedan resueltas.

Al terminar la ruta, el hechizo desaparece. El rey vuelve a ser un ciudadano corriente. La bicicleta regresa al garaje. Las montañas dejan de ser suyas. Los olivos recuperan a sus legítimos propietarios y el mundo continúa girando sin consultarle nada.

Pero el ciclista conoce un secreto. Sabe que, tarde o temprano, volverá a enfundarse el maillot, saldrá de nuevo por una carretera perdida y recuperará el trono.

Porque habrá reyes que gobiernan países. Pero sólo los señores de la carretera secundaria son dueños del mundo durante unas horas.

Soy ciclista. Mira mi camiseta.